martes, 6 de febrero de 2018

Febrero

A pesar del transcurso de los años, los primeros días de febrero no dejan de atormentarme. No sé si sea lo que llaman estrés post traumático, pero el caso es que por estas fechas una sola palabra, canción o hasta un sonido cualquiera pueden desencadenar una avalancha de recuerdos que inevitablemente me remontan a aquel doloroso momento.

Y entonces el cuerpo vuelve a experimentar el dolor agudo y la enorme tristeza del duelo inesperado. Y me abruma, casi tan fuertemente como hace siete años, para restregarme en la cara que aunque mi mente consciente se engaña pensando que el asunto está superado, esto no es del todo cierto. Me pongo irritable, se me va el sueño, me cuesta concentrarme. Me duele la espalda. Me vuelvo obsesivo y me da por ponerme a arreglar la casa a la una de la mañana.

Me resigno pensando que tal vez hay dolores que nunca se logran superar. Y mi mente se pierde en el valle de las sombras. Y se repiten una y otra vez en mi cabeza el Salmo 23 y el Eclesiastés 12... Nada me faltará... Vanidad de vanidades, todo es vanidad... y así hasta que una dulce vocecita me saca de mi miseria con tres simples palabras: papá, te quiero. Y me da un abrazo con todo lo que logran abarcar sus pequeños bracitos, y me da un beso en la frente, como si supiera que en ese momento era justo lo que necesitaba. Y entonces una luz cálida invade mi espíritu y me reconforta. Y doy Gracias a la Vida. Y en ese momento lloro, pero de felicidad...