domingo, 22 de mayo de 2011

Mi Querida July


Hoy es un día particularmente difícil para mí. Por primera ocasión, en lugar de celebrar el cumpleaños de mi hermana Julieta con una fiesta, estoy conmemorando la fecha que aparece al lado izquierdo de la cruz que marca su tumba.

Cuando murió, sentí como si se hubiera muerto una parte de mí. Como es natural, buena parte de mis recuerdos de infancia y de juventud están ligados de una u otra manera a ella. Recuerdo perfectamente desde el día en que conocí a aquella bebé que apenas podía levantar la cabeza, hasta el día en que le dí el último beso a su frente ya fría. Recuerdo que siempre fue muy coqueta: cuando apenas aprendía a hablar, le preguntaba a mi mamá ¿soy bonita? y si le decía que no se ponía a llorar amargamente. Recuerdo verla sentada durante horas en un rincón de la casa, jugando tranquilamente con sus muñecas. O ya más grande, con sus amigas de toda la vida.

Recuerdo que durante el terremoto de 1985 le dio un ataque de nervios y tuve que abrazarla durante buen rato, hasta que dejó de llorar. Recuerdo cómo sufría en las actividades de los scouts porque tenía un montón de alergias, pero a pesar de ello aguantaba. Recuerdo que a veces me tocaba recogerla cuando estaba en la prepa, y cómo se enojaba cuando yo llegaba oyendo salsa, banda sinaloense o corridos norteños a todo volumen.

Recuerdo sus quince años, cuando, sin exagerar, creo que agarró la peor jarra de su vida. Y recuerdo la pelea más fuerte que tuve con ella: cuando organizó una fiesta en la casa con amigos de la Universidad y al día siguiente mi colección de CDs de U2 había desaparecido.

Recuerdo haberla admirado por decidirse a vivir sola a pesar de la oposición de mis papás y recuerdo su boda con Jaxel, a quien he llegado a querer como a un hermano más.

Recuerdo que July, hasta el último día en que pudo hacerlo, al despedirse de mí me abrazaba con mucha fuerza, como si no quisiera soltarse. Recuerdo que, en los momentos más difíciles de su vida, tuvo la confianza de acercarse a mí en busca de consejo, sabiendo que siempre la apoyaría incondicionalmente y jamás la juzgaría. Y cuando yo necesitaba desahogarme, ella a su vez siempre estaba ahí para darme ánimos. Por eso la extraño tanto.

Mi querido Santiago, sé que algún día leerás estas líneas buscando respuestas. No las tengo, y no sé si algún día las tendré. Sólo puedo decirte que tu madre fue un ser humano con virtudes y defectos, éxitos y fracasos, aciertos y errores, como todos, pero me consta que te quiso a tí más que a su propia vida. Antes de que nacieras, tu mamá se puso muy mal. Los doctores decían que su vida corría grave peligro, que podía morir, pero a pesar de ello ella luchó con todas sus fuerzas por que tú nacieras. Cuando naciste eras tan pequeñito que prácticamente cabías en la palma de la mano, y aunque tuviste que luchar por sobrevivir desde el primer momento, tú te aferraste con un empeño tal que nos diste a todos una lección de vida. Tan dramática era tu situación que, cuando estabas en la incubadora, tu mamá compró una puerquita de peluche, de unos 40 cm. Decía llorando que si lograbas pasar de ese tamaño, para ella ya sería un milagro. No sólo lo conseguiste, sino que para orgullo de tu mamá te convertiste en uno de los niños más llenos de energía que he conocido.

Te mando un beso, hermanita, donde quiera que estés.

3 comentarios:

MVZ. José Luis García Barceló dijo...

Ánimo, ella esta en un mejor lugar, se que todos dicen lo mismo y que cuando uno sufre esas palabras no son de mucho consuelo, se lo que digo, lo he vivido.
Tu hermana por lo que leo se nota que fue una gran mujer y una vez me dijeron que Dios se lleva pronto a esas grandes personas porque las necesita junto él.
Así de pronto se llevo a mi mamá, es por que son especiales y las necesita.

Oso dijo...

Tayo te mando un abrazo.

Oso dijo...

Tayo te mando un abrazo.