viernes, 12 de febrero de 2010

El cuento de nunca acabar


La serpiente mordiéndose la cola (el Ouroboros) es el símbolo de la eternidad. De ahí proviene el ocho acostado que utilizamos para representar matemáticamente al infinito (∞). Pero más que un número inimaginablemente grande, Ouroboros es la representación de un ciclo que se repite interminabemente. In saecula saeculorum.

Este símbolo no es exclusivo del viejo mundo. Uno de los símbolos más distintivos de México está enmarcado por un par de serpientes de fuego que forman entre las dos una especie de ouroboros: la Piedra del Sol o "Calendario Azteca". Y es que desde siempre hemos estado sujetos a ciclos que parecen condenados a repetirse una y otra y otra vez, por los siglos de los siglos, eternamente. Desafortunadamente esos ciclos a veces parecen tan inútiles como el suplicio de Sísifo, quien fuera condenado a pasar la eternidad rodando una pesada piedra hasta la cima de una montaña tan sólo para verla rodar nuevamente colina abajo.

Estas tierras siempre han sido dominadas por una sucesión de grandes caciques que han sido derrotados cíclicamente por otros grandes caciques. Estos caciques grandes a su vez controlan siempre a otros caciques medianos quienes a su vez son substituidos cíclicamente por otros caciques medianos. Cada uno de esos caciques domina a su vez a un grupo de caciques pequeños, los cuales tienen un alto índice de rotación porque frecuentemente son substituidos por otros caciques pequeños en su aspiración de llegar a ser caciques medianos algún día. Cada uno de estos caciques pequeños ejerce un férreo control sobre una gran cantidad de personas cuya misión principal en la vida es garantizar los privilegios de los caciques de todos los tamaños, valiéndose muchas veces de la violencia y el miedo.

Hace mucho tiempo, los grandes caciques se la pasaban peleando entre ellos. Un día, algo cambió: una dinastía de caciques particularmente violentos logró dominar a la mayoría de sus competidores y se convirtió en un imperio dominante. Para sobrevivir, los demás linajes de grandes caciques tuvieron que cederle el control absoluto de sus destinos a una dinastía de caciques llamados Tlatoanis que a cambio de un tributo les permitía conservar en gran medida sus privilegios. Los Tlatoanis a su vez fueron substituidos un día por una nueva dinastía de grandes caciques a los que se les conocería como Virreyes. Éstos no eran la punta de la pirámide, gobernaban a nombre de otro Tlatoani que nadie conocía llamado "Rey" que vivía en un lugar muy lejano, del otro lado del mar. Con los virreyes llegó una nueva generación de grandes caciques, quienes sin embargo no cambiaron la estructura preexistente de caciques medianos y pequeños, sino que al contrario, la mejoraron para poder saquear más eficientemente las riquezas naturales de la región. Algunos siglos después, los Virreyes fueron substituidos a su vez por otro linaje de Tlatoanis llamados presidentes, quienes en lugar de gobernar a nombre de un señor que nadie conocía, empezaron a decir que gobernaban a nombre de la gente que ingenuamente seguía manteniendo los privilegios de toda la estructura de caciques.

En realidad, cada Presidente gobernaba para su santo, lo que en poco tiempo provocó un problema grave porque todos los grandes caciques, conocidos como Caudillos, ambicionaban la presidencia, pero el que lograba hacerse de ella no la quería dejar. Como es de esperar, esta situación no pudo sostenerse mucho tiempo y un día los Caudillos se comenzaron a matar entre ellos. Bueno, más bien los Caudillos obligaron a sus caciques a mandarles gente para que mataran a la gente que defendía los privilegios de los Caudillos rivales. Uno a uno fueron cayendo los Caudillos hasta que a uno de ellos se le ocurrió que no era necesario seguirse matando. Era más civilizado formar un club donde los Caudillos sobrevivientes decidieran quién sería el próximo Presidente, siempre y cuando quien resultara presidente siguiera respetando los privilegios de los miembros del club de Caudillos. El esquema pareció funcionar hasta que a los Caudillos les dio por mandar a sus hijos a estudiar al extranjero. Los hijos y nietos de los Caudillos regresaron con "ideas modernas" y cuando crecieron se fueron encargando de quitarle privilegios a la gran familia revolucionaria para dárselos a otro club que fue creciendo al margen de éste: el club de los grandes empresarios.

Hoy en día la estructura de pequeños y medianos caciques apuntalados por una gran cantidad de gente ignorante protege los privilegios de una clase dominante tan pobre que lo único que tiene es dinero. El presidente y en general toda la estructura de "gobierno" simplemente es un agregado cultural, un showman dedicado al entretenimiento de chicos y grandes. En la práctica la estructura caciquil no ha cambiado sensiblemente entre las chinampas aztecas, los beneficios de plata virreinales, las haciendas decimonónicas y las maquiladoras modernas.

La estructura funcionaría sin problemas de no ser porque la clase dominante está siendo amenazada por otra aún menos escrupulosa de empresarios proscritos que está creciendo rápidamente: el "crimen organizado". De repente, un "gobierno" que durante décadas no ha demostrado ningún conflicto moral en la legalización de jornadas laborales de más de doce horas, la reducción del poder adquisitivo de los salarios hasta sus mínimos históricos, la destrucción de los sistemas educativos y de seguridad social, la pauperización de la población rural hasta niveles similares a los del África Subsahariana, el aumento alarmante del desempleo aunque le llamen con eufemismos como "adulto inactivo" o "autoempleado" le declara la guerra al crimen organizado, quien al parecer, según el discurso oficial, es el único responsable de la violencia en ciudades como Ciudad Juárez.

La guerra contra el Narco, en realidad es una guerra entre explotadores que están siendo sustituidos violentamente por otros explotadores. Entre los explotadores "decentes" que casi no pagan impuestos y tienen al país sumido en el atraso y la miseria desde siempre, y los explotadores "indecentes" que no pagan impuestos, se aprovechan del atraso y la miseria provocada por el otro bando para reclutar su gente y cobran por brindar "protección" (contra las represalias de ellos mismos, claro). Y por supuesto, ninguno de los dos bandos tiene interés alguno en terminar con el círculo de la miseria ni con la estructura caciquil: simplemente la aprovecha cada quien a su manera para sus propios fines.

Como está planteada, desde el gobierno, esta guerra no tiene posibilidades de ser ganada. Si el gobierno quisiera realmente ganarle la guerra al narco, tendría también que acabar con el esquema actual de explotación de mano de obra barata. Son las dos caras de una misma moneda: la cabeza y la cola del Ouroboros. Esto es algo que el gobierno no está dispuesto a hacer: tendría que desmantelar la estructura caciquil que ha sostenido a este país desde hace siete siglos. Es más fácil poner al ejército a patrullar las calles y esperar que, de alguna manera, las cosas se resuelvan solas.

Si queremos acabar con esta situación vamos a tener que agarrar el toro por los cuernos y hacerlo nosotros como sociedad. Tenemos que exigir el país que queremos. Como la señora que regañó a Calderón hace rato en Ciudad Juárez.

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