sábado, 12 de diciembre de 2009

La Guadalupana


En 1649, el Bachiller Luis Lasso de la Vega publicó un libro titulado "Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa Maria Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac Mexico itocayocan Tepeyácac". Como su nombre claramente lo indica, es el relato de "la milagrosa aparición de la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran altépetl de Mexico, en un lugar llamado Tepeyacac" y es la fuente principal de todo lo que sabemos sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Claro que, con un título así, no es de extrañar que hoy lo conozcamos simplemente como el "Nican Mopohua". Y para cerrar mi serie de notas sobre cultos mexicanos, no hay mejor fecha que el 12 de diciembre para hablar de la Virgen de Guadalupe.

El Gran Suceso

A grandes rasgos, todos conocemos la historia. El Nican Mopohua dice que "en el año 1531, a los pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un caballero indio, pobre pero digno, su nombre era Juan Diego, casateniente, por lo que se dice, allá en Cuautitlán". El sábado 12 de diciembre, al dirigirse hacia Tlatelolco desde su casa, Juan Diego oyó una especie de canto celestial al pasar junto al cerro del Tepeyac y una voz que le llamaba desde lo alto: "Mi Juanito, mi Juan Dieguito". Al llegar a lo alto vio a una doncella que le dijo "Escucha bien, hijito mío el más pequeño, mi Juanito: ¿A dónde te diriges?" A lo que Juan Diego respondió que iba a tomar el catecismo en Tlatelolco.

Entonces la misteriosa mujer le dijo que era la Virgen María, Madre del verdaderísimo Dios, y que ardía en deseos de que le construyeran una capilla en ese mismo lugar. Que se honraba en ser madre compasiva de todas las gentes que habitan esta tierra, y de los más variados linajes de hombres que la honraran confiando en su intercesión, porque allí estaría ella siempre dispuesta a escuchar su llanto y su tristeza y para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas y sus dolores. Después le dijo que ojalá aceptara ir a ver al Obispo de México para contarle todos los detalles de lo que había visto y escuchado para que le levantara en el llano su templo. A lo que Juanito libremente dijo que sí, aceptaba. Y se fue corriendo a ver al recién llegado Obispo de México, Fray Juan de Zumárraga.

Tras una larga antesala, el Obispo recibió a Juan Diego y cuando le hubo relatado lo que le dijo la Virgen, como que no le dio del todo crédito y le dijo que lo iba a pensar. Se fue Juan Diego muy triste al darse cuenta de que no le creyeron y volvió a subir al Tepeyac, donde ya estaba la Virgen esperándole. Le dijo que no le hicieron caso y que mejor mandara a alguien más adecuado para estos menesteres, porque a él nunca le iban a hacer caso por ser tan poquita cosa. Entonces la Virgen le contestó que era preciso que fuera precisamente él quien negociara la construcción del templo y le ordenó que fuera al día siguiente a hablar nuevamente con el Obispo para que mandara hacer su templo.

Al día siguiente, domingo 13, Juan Diego se fue desde temprano a Tlatelolco a pasar lista y escuchar misa, y de ahí se dirigió al palacio del Obispo. Con muchos trabajos logró que el Obispo le volviera a recibir, y ahí le imploró de rodillas que le hiciera caso, porque era la mismísima Virgen María la que le estaba pidiendo el templo. Pero aunque el Obispo pareció ponerle más atención en esta ocasión, pidiéndole infinidad de detalles, le dijo que si en verdad era la Virgen la que le estaba pidiendo ese templo tendría que ofrecerle una prueba irrefutable de que ello era cierto. A lo que dijo Juan Diego que cómo no, que al día siguiente le llevaría la prueba que deseaba. Pero no regresó.

Resulta que al regresar a su casa en Cuautitlán se encontró con que su tío Juan Bernardino estaba muy grave de salud, casi moribundo. Así que el lunes estuvo de un lado a otro consiguiendo ayuda, y el martes por la noche, después de que los médicos le confirmaran que su tío estaba moribundo decidió ir a la Ciudad de México a buscar un sacerdote para que le diera los santos óleos. Como no quería encontrarse con la Virgen por haber dejado de lado el asunto de su encomienda, decidió darle la vuelta al Tepeyac por otro lado pero la Virgen, que lo vio desde lo alto, bajó por el otro lado para cerrarle el paso y se lo encontró de frente en el camino: "¿Qué hay, Hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas? ¿A dónde vas a ver?" a lo que Juan Diego se postró diciéndole "Mi Virgencita, Hija mía la más amada, mi Reina, ojalá estés contenta; ¿Cómo amaneciste? ¿Estás bien de salud?, Señora mía, mi Niñita adorada?" (Este es el origen de la frase "No te hagas, que la Virgen te habla")

Avergonzado, Juan Diego le contó que el Obispo le pidió una señal de que quien se le había aparecido en el Cerro del Tepeyac realmente había sido la Virgen María, pero como su tío estaba muy enfermo no había tenido tiempo de irla a ver. Que en cuanto consiguiera un sacerdote que lo confesara regresaría para seguir su encomienda. Pero la Virgen le dijo que para eso estaba ella, que no se preocupara porque su tío ya había sanado. Y le pidió que subiera al cerro del Tepeyac, que cortara unas flores que estaban en el sitio donde se vieron la primera vez y que las trajera ante ella.

Subió entonces al cerro y encontró muchas flores de muy distintos tipos, las cortó todas poniéndolas en el hueco de su tilma y bajó corriendo a ver a la Virgen. Ella tomó las flores entre sus manos, las volvió a poner en la tilma y le dijo que esas flores eran la señal solicitada. Le pidió que le llevara inmediatamente las flores al Señor Obispo, que le contara todo cuanto había visto y escuchado y que sólo ante él desplegara su tilma para mostrarle el contenido.

Fue Juan Diego corriendo al Palacio Episcopal y pidió ver al Señor Obispo, pero siendo de madrugada los sirvientes no quisieron molestarle. Sin embargo, al ver que Juan Diego llevaba horas negándose a moverse y viendo que llevaba algo le preguntaron qué llevaba, a lo que contestó que unas flores. Les permitió echar un vistazo y al ver que eran muchas y muy frescas se animaron a decirle al Obispo lo que estaba pasando. Éste pidió que le mandaran a Juan Diego y cuando éste le hubo relatado lo que ocurrió y descubrió la tilma apareció en ella la imagen de la Virgen, tal como se aprecia ahora en la Basílica de Guadalupe.

Mientras todo aquello ocurría, la virgen se le había aparecido también a Juan Bernardino, el tío de Juan Diego. Después de sanarlo le dijo la misión que le había sido encomendada a Juan Diego y le pidió que él también fuera a ver al Señor Obispo para narrarle cómo había sanado y le dijo también que quería que se le conociera como la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Corolario

Hasta aquí la versión oficial de las apariciones de la Virgen de Gudalupe. Hoy en día, cada 12 de diciembre el Santuario de Guadalupe se convierte en la sede de una de las peregrinaciones más grandes del mundo, tan sólo opacada por las peregrinaciones a la Meca de los musulmanes y las peregrinaciones al Ganges de los hindúes. Pero pocos saben que estas peregrinaciones ya se llevaban a cabo ANTES de que se apareciera la Virgen en el Tepeyac. De hecho, desde mucho antes de que llegaran los Españoles a América. Casualmente, en el cerro del Tepeyac se adoraba antes a Coatlicue, la Diosa Madre, la Diosa de la Vida y de la Muerte. El mito Guadalupano es una de las muestras más espectaculares de sincretismo en México, donde la Iglesia Católica parece haber dado su brazo a torcer asimilando y haciendo suya una tradición local muy arraigada.

Para mí la moraleja de la historia de Juan Diego debería ser que nunca deberías sentirte poquita cosa por tonterías como razas y clases sociales: si te lo propones, puedes llegar a hacer cosas extraordinarias sin importar dónde y en qué circunstancias creciste. Pero la iglesia católica mexicana, elitista como siempre, consideró que Juan Diego no podía llegar a la Santidad sin un pasado glorioso. Así, de golpe y porrazo Juan Diego se convirtió en una especie de príncipe azteca de piel clara, casi blanca. Qué miopía. Por eso hay más gente rezándole hoy a Jesús Malverde que al Juan Diego light que canonizaron hace unos años: la gente ya no se identifica con él.

En fin, a pesar de los desatinos en la canonización de Juan Diego, buena parte de los mexicanos todavía cree en la Virgen de Guadalupe, y algunos se confiesan Guadalupanos aún sin considerarse católicos. Como en todo culto, también hay fanáticos capaces de atravesar el atrio de rodillas para pagar mandas por favores o milagros atribuídos a la Virgen. Racionalmente parece inconcebible: si la Virgen se supone que es la madre de los mexicanos, ¿cómo pretenden agradarla autoinfligiéndose torturas? Si me pusiera nopales en las rodillas o me atravesara la piel con púas de maguey para halagar a mi mamá seguramente me meterían a un manicomio. Pero hay que recordar que el origen de la Virgen de Guadalupe en realidad es prehispánico, y así se hacían los sacrificios humanos sin que nadie se escandalizara.

Sin embargo, también hay fanáticos del otro lado: algunos atacan rabiosamente a la Iglesia Católica y al culto de la Virgen de Guadalupe como si fuera la causa de todos los problemas del país, y alguna vez llegaron al extremo de poner una bomba en la Basílica de Guadalupe, donde por cierto la imagen de la Guadalupana quedó intacta.

A mi me parece que renegar de la Virgen de Guadalupe es un acto inútil. Yo no sé qué pasó aquella fría mañana de 1531, pero me inclino por pensar que no pasó absolutamente nada. Es más, sospecho que Juan Diego ni siquiera existió. Pero es lo de menos: lo que me gusta del Nican Mopohua es la idea de que alguien nos cuida y protege sin hacer distinción de nacionalidad, raza o posición social. Esa debería ser la filosofía de todos los servidores públicos, especialmente de los que dicen representarnos o protegernos.

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