jueves, 4 de junio de 2009

La Ofensa

Durante las elecciones presidenciales de 1853, pocos se atrevieron a votar en contra de Antonio López de Santa Anna, quien tomó posesión el 20 de Abril con el apoyo de 18 de los 23 Gobernadores mexicanos y poco después se declaró dictador, se hizo llamar Alteza Serenísima y le vendió la Mesilla a los Estados Unidos, probablemente en pago por favores recibidos. Llegó al extremo de poner impuestos a los perros, las puertas y las ventanas por lo que todavía hoy muchas casas y edificios de aquella época tienen varias ventanas y puertas tapiadas.

Sin embargo, un joven maestro de Oaxaca se presentó en las Elecciones de 1853 para anular su voto. Votó por "Su Excelencia, el General Don Juan Álvarez" en lugar de darle el sí al Candidato Oficial, lo que le valió que el Gobernador del Estado, un tal Martínez Pinillos, ordenara que lo apresaran. El maestro proscrito se dio a la fuga y formó una guerrilla con la que enfrentaría a las fuerzas federales en Teotongo, en febrero de 1855, en apoyo al Plan de Ayutla que eventualmente arrojaría definitivamente a Santa Anna de la silla presidencial mandándolo al exilio.

Eventualmente aquel maestro, llamado Porfirio Díaz, se convertiría también en Dictador. Pero la anécdota de su desplante en las elecciones de 1853 es relevante por el miedo que ha causado siempre en nuestra clase política el que la gente se decida a expresar en las urnas lo que realmente piensa y les restriegue un NO en su cara.

Hace algunos días, una candidata de cuyo nombre no quiero acordarme criticó a algunas voces que piden que la gente se presente a votar pero anule su voto en la urna, diciendo que eso es "Una ofensa para los partidos políticos". Tal vez tiene razón. Pero el sentimiento es mutuo: Nuestros partidos políticos también son una ofensa para los electores.

El principio de nuestro sistema democrático se supone que es la representación popular. Por eso cada Estado, que se supone que es libre y soberano, está dividido en Distritos Electorales, los cuales eligen un representante que supuestamente está para velar por los intereses de sus conciudadanos. Cada Estado tiene su propia Cámara de representantes, los cuales se supone que se dedican a proponer, discutir y aprobar leyes que permitan una sana convivencia respetando las garantías individuales y velando por el bien común. Cada Estado tiene sus fortalezas y debilidades, y para compensarlas están unidos por medio de un Pacto Federal, de forma que todos juntos forman la República Mexicana. Existen problemas comunes a todos, y por ello también hay un Congreso de la Unión que está ahí supuestamente para proponer, discutir y aprobar leyes que permitan resolverlos. Los Ciudadanos de cada Estado eligen a 3 representantes en la Cámara Alta, el Senado, y los de cada uno de los 300 Distritos Electorales eligen a un representante en la Cámara Baja, la Cámara de Diputados. Todos estos representantes se supone que se deben a sus electores y deben basar sus propuestas y decisiones en función del mandato de sus representados.

En la práctica ésto no funciona así. Para poder ser electo es necesario ser postulado por un Partido Político. Usualmente, los Partidos Políticos no postulan a nadie que no sea miembro de su partido. Y usualmente, los candidatos para los puestos de elección popular son designados por los Partidos de acuerdo a su propia conveniencia, sin tomar en cuenta las necesidades del Distrito que se supone que van a representar. Ahora que si a ofensas vamos, nomás hay que recordar que de los tres Senadores asignados a cada Estado, sólo 2 fueron elegidos directamente por los ciudadanos: el tercero se le asigna como premio de consolación al partido que haya obtenido la segunda mayoría en las elecciones. Y viene el asunto de los plurinominales: 200 Diputados Federales y 32 Senadores adicionales son designados por representación proporcional, es decir, de acuerdo al porcentaje de votos que cada partido haya tenido en las Elecciones Federales. Estos Diputados y Senadores no hacen campaña ni representan a ningún Distrito: son designados de acuerdo a una lista entregada por cada partido político antes de las elecciones.

En resumen, la mitad de los Senadores y el 40% de los Diputados están ahí aunque nadie votó directamente por ellos. No representan a ningún Ciudadano, sino a los Partidos que los Postularon. Desde las elecciones de 2006, estos "representantes populares" se han encargado de secuestrar el sistema electoral a su modo y antojo, aumentando obscenamente las partidas presupuestales para los Partidos (que salen de nuestros impuestos) y reduciendo a su mínima expresión cualquier atisbo de independencia de las Autoridades Electorales. No es de extrañar que nadie quiera participar en estas elecciones ni como funcionario de casilla.

¿Por qué se ofenden los partidos políticos cuando algunos Ciudadanos quieren anular su voto? Porque eso le recuerda a la partidocracia que sus candidatos siempre han dejado mucho que desear, y en esta ocasión mucho más. Parecen estar más preocupados en cómo manipularnos madiante nuestros temores y en tratar de demostrar que los candidatos de otros partidos son más rateros, más corruptos, más inútiles que ellos que en hacer propuestas sensatas sobre cómo le van a hacer para resolver los problemas que nos aquejan a todos. Este voto razonado significa: ninguno de los anteriores. Nadie me convenció, y no creo que ninguno de ellos me vaya a representar realmente. Yo votaría con los ojos cerrados por aquel candidato a Diputado o Senador que me firmara ante notario una promesa de campaña para que desaparezcan los plurinominales y para que los partidos políticos hagan campaña con sus propios recursos, sin desperdiciar un solo peso de los contribuyentes que tanta falta hacen en los hospitales y las escuelas públicas. Mientras llega ese día, no saben cómo me están dando ganas de votar por "Su Excelencia, el General Don Juan Álvarez".

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