lunes, 25 de mayo de 2009

La Independencia de México - IV

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu es uno de los grandes villanos de la Historia Nacional. A pesar de haber conseguido la Independencia de México, la Historia Oficial jamás le perdonó el haber combatido a muerte a los Insurgentes leales a Miguel Hidalgo y mucho menos el haberse coronado Emperador. Tras ser traicionado por un Brigadier ególatra llamado Antonio López de Santa Anna, se vio obligado a renunciar a la Corona, se exilió en Europa y por allá estuvo escribiendo sus memorias y mentando madres de la ingratitud mexicana y "la maquinaria" que desde el primer momento (y hasta el día de hoy) ha manejado a este país de acuerdo a sus propios intereses y a espaldas de sus "gobernados".

La Biblioteca Mundial Digital cuenta dentro de su acervo con el manuscrito original de los Apuntes para la Historia de Agustín de Iturbide. El documento fue encontrado entre sus ropas tras ser fusilado en Padilla, Tamaulipas, el 24 de Julio de 1824, y por ello está todo manchado con la sangre de quien fuera el Primer Emperador Mexicano. Había regresado a México al enterarse de que la Santa Alianza estaba planeando invadir el país para regresarle a España su antigua colonia, sin saber que había sido condenado a muerte por Alta Traición.

Lo triste del documento es que al leerlo se da uno cuenta de lo poco que hemos cambiado en 200 años. El mexicano sigue endiosando caudillos, como desde el principio. Cuando está de moda, el caudillo es vitoreado con júbilo: "viva Agustín Primero". Pero cuando cae en desgracia, resulta que es la peor desgracia que pudo habernos pasado, todo mundo lo desconoce y aborrece y hasta resulta que sus "amigos" sólo lo saludaban por compromiso; pero el nuevo Caudillo... ese sí que sabe cómo hacer las cosas: "Viva su Alteza Serenísima."

Nuestro congreso tampoco ha cambiado mucho desde la primera legislatura: estaba compuesto por diputados facciosos representantes no de los ciudadanos sino de partidos políticos con posturas irreconciliables, frecuentemente tachados de conducta publicamente escandalosa, o procesados con causa criminal, que se ofrecían también a 'probar' los autores de las representaciones, haberse faltado en la elección á las reglas prescritas en la convocatoria, y no ser los elegidos los que deseaba la mayoría, sino los que habian sabido intrigar mejor. Casi todas las legislaturas desde entonces han sido iguales.

Finalmente, la profecía:

La naturaleza nada produce por saltos, sino por grados intermedios. El mundo moral sigue las reglas del mundo fisico: querer pasar repentinamente de un estado de abatimiento cual es el de la servidumbre, de un estado de ignorancia como el que producen trescientos años, sin libros, sin maestros, y siendo el saber un motivo de persecución, querer derrepente y como por encanto adquirir ilustración, tener virtudes, olvidar preocupaciones, penetrarse de que no es acreedor á reclamar sus derechos el hombre que no cumple sus deberes, es un imposible, que solo cabe en la cabeza de un visionario. ¡Cuántas razones se podrían exponer contra la soñada república de los Mexicanos, y qué poco alcanzan los que comparan á lo que se llamó Nueva España con los Estados Unidos de América! Las desgracias y el tiempo darán á mis paisanos lo que les falta: Ojalá me equivoque.

Desafortunadamente, no se equivocó. Sufrimos invasiones extranjeras y perdimos la mitad de nuestro territorio, sufrimos guerras civiles prácticamente ininterrumpidas (salvo la notable excepción de 30 años de "paz porfiriana") desde la independencia hasta bien entrado el Siglo XX, y los políticos del Siglo XXI siguen siendo igual de incapaces y se siguen peleando por las mismas estupideces que discutían a principios del XIX. Nada más que ahora también usan Facebook, Twitter y YouTube (aunque algunos despistados siguen publicando libros). Y muchos ciudadanos siguen sin entender que no es acreedor a reclamar sus derechos el hombre que no cumple sus deberes.

La página oficial del bicentenario tiene una copia de las memorias de Iturbide, en formato PDF. Si se fijan, al comparar las notas de pie de página con el manuscrito original van a notar cambios más o menos importantes. Es que la historia, a fin de cuentas, la escriben los que ganan.

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