viernes, 13 de marzo de 2009

Contra la Historia Oficial

Yo sé que para mucha gente, la Historia es una monótona sucesión de fechas y lugares. Sin embargo, para mí la Historia siempre ha sido una experiencia similar a ver una novela. Rara vez recuerdo las fechas, incluso llego a confundirme en los lugares, pero lo que me parece fascinante es la manera en que los eventos se encadenan unos a otros, como engranes en la maquinaria de un reloj.

La Historia oficial siempre se parece a un reloj descompuesto, al que le falta la mayoría de las piezas e incluso tiene otras de sobra que no deberían estar ahí. No es sino hasta que uno empieza a buscar las piezas faltantes y colocarlas pacientemente en su lugar, cuando la Historia comienza a tener sentido y cobrar vida propia. De repente los Héroes y Villanos acartonados que nos vendieron desde chicos se convierten en seres humanos, como todos nosotros, con sus virtudes pero también con un montón de defectos.

Entonces resulta que ni el malo era tan malo ni el bueno era tan bueno. Todo mundo tiene sus propias motivaciones, sus motivos ocultos para hacer las cosas. Pero generalmente, todo mundo en su momento cree que toma las decisiones correctas, aún cuando a la larga resulte que fueron decisiones equivocadas. Por eso es importante el estudio de la Historia, para no repetir los errores del pasado cuando nos enfrentamos con situaciones similares.

Eso le da más valor a libros como "Contra la Historia Oficial", el más reciente de José Antonio Crespo. Cualquier historiador podrá argumentar que no descubre nada nuevo, que habla de cosas que ya se sabían. Pero la cuestión es que, aunque son cosas sabidas, pocas veces han sido publicadas en un libro. Que Moctezuma en realidad no era un traidor. Que Malintzin tampoco. Que los Insurgentes en realidad fueron derrotados y que nuestra independencia fue poco más que un cuartelazo de Iturbide. Que deberíamos conmemorar el 11 de septiembre, día en que Santa Anna derrotó a España en su intento de reconquista de 1829, lo cual fue una victoria militar mucho más significativa que la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862. Que Juárez, el héroe de chicos y grandes, hacía fraude en las elecciones y que si no hubiera muerto habría sido un dictador. Que el gobierno que más recursos asignó a programas de desarrollo indígena en el siglo XIX fue el de Maximiliano. Que Porfirio Díaz fue un militar valiente y honesto que durante la Guerra de Reforma le regresaba a Juárez lo que le sobraba, y que como gobernante logró convertir un país en ruinas en una potencia económica respetable...

Desmitificar a los caudillos puede ser decepcionante para algunos. Pero dice mucho más de nosotros como país que los cuentos de hadas que nos fueron impuestos. Santa Anna se sentó en la silla presidencial 11 veces. Y nuestras únicas elecciones más o menos democráticas fueron la de 1824 (cuando ganó Guadalupe Victoria), la de 1911 (cuando ganó Madero) y la de 2000 (cuando ganó Vicente Fox). No sé qué piensen ustedes, pero a mi me parece que tal vez Porfirio Díaz tenía razón, después de todo, cuando le dijo al periodista James Creelman que "la democracia es el único principio de gobierno justo y verdadero, pero sólo es posible para los pueblos altamente desarrollados" en la célebre entrevista de 1908. Lamento decirlo, pero la única manera en que vamos a lograr desarrollarnos como pueblo es dejando de comportarnos como niños. Para empezar, dejando de creer en cuentos de hadas, como la historia oficial o las promesas vacías de los políticos de siempre. Tenemos que aprender a pensar en los demás, a compartir, a competir limpiamente y a aceptar dignamente tanto las victorias como las derrotas. Debemos aprender a pensar por nosotros mismos, a respetar las reglas, a cumplir metódicamente con nuestras obligaciones y a exigir y hacer valer nuestros derechos mediante métodos no violentos. Sólo así lograremos, como pueblo, salir del infantilismo mental en que hemos estado viviendo por generaciones.

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